Homilía del 7º Domingo del Tiempo ordinario (lecturas)
Hoy en el Evangelio nos topamos con uno de los mandamientos más exigentes de toda la Sagrada Escritura, si no el que más. Es, desde luego, de las cosas más revolucionarias que dijo nuestro Señor. En esa intención de Jesús de no abolir la ley mosaica, sino llevarla a su plenitud, a lo más profundo, a sus últimas consecuencias, nos da un mandamiento que cuando toca ponerlo en práctica puede llegar a ser lo más duro de la vida: amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen.
¿Cómo puedo amar a alguien que me ha dejado solo cuando le necesitaba? ¿Cómo puedo querer a alguien que siempre me lanza pullas? ¿Cómo puedo amar a alguien que me critica continuamente y con el que parece que todo lo hago mal? ¿Cómo puedo amar y perdonar a alguien que me ha destrozado la vida? ¿Cómo voy a rezar por alguien que ni siquiera ha ido al entierro de este familiar o que me ha quitado una parte de herencia que me correspondía o que me ha puesto la zancadilla para subir en el trabajo? ¿Cómo voy a rezar por alguien que ni siquiera me saluda?
Seguro que podríamos poner muchas preguntas aquí. Pero no nos engañemos. Jesús se
Es fácil que al escuchar este mandamiento nos preguntemos cómo es posible. Es un proceso del corazón en el que Dios tiene mucho que ver. Un proceso que comienza rezando. Primero, por uno mismo, para que pueda uno rendirse de guardar rencor y levantar la bandera blanca. Segundo, por la otra persona, deseándole todo el bien posible. Y, a partir de ahí tratar de actuar sin que el rencor nos condicione a la par que rezamos para que podamos mirar y pensar en esa persona con amor.
No tengo ninguna duda que Jesucristo resultó y resulta revolucionario. Pero no como hoy algunos proclaman, que dicen que vino a hacer la revolución a los poderosos, a los opresores, etc., etc. Sólo les interesa para sus ideologías. Para eso no hace falta que el Hijo de Dios se hiciera hombre. Muchos revolucionarios de esos ha habido en la historia. La revolución real de Jesucristo es decirte a ti y a mi a la cara que a ése que nos hace mal le tenemos que amar y procurar el bien, empezando por rezar por él. Eso sí cambia el mundo de verdad.
Tenemos tarea. Nos encomendamos a la Virgen María que hizo suyas las palabras de Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.