Homilía de la Fiesta de la Presentación del Señor (lecturas)
El primer día que vinieron se presentaron dos monjas muy jóvenes y muy simpáticas. Una de las niñas más mayores, de unos trece o catorce años, estaba flipadísima. Las miraba y requete miraba. En esas le dice al párroco:
– D. Fulano, ¿está usted viendo eso?
–¿El qué?
– Pues, eso, ¿no se da cuenta?
– ¿Darme cuenta de qué?
– ¡Mire! ¡Las monjas se ríen!
Cada dos de febrero la Iglesia celebra el día de la presentación del Niño Jesús en el Templo y se aprovecha esta festividad para celebrar la jornada mundial de la vida consagrada. Es también la Candelaria, puesto que es el día de la purificación de la Virgen María y se suele celebrar esta fiesta con la procesión de las candelas. Es un buen día para resaltar y dar a conocer la vida consagrada, es decir, la vocación de tantos hombres y mujeres que, renunciando a muchas cosas de este mundo, ofrecen enteramente su vida a Dios a través de los votos de castidad, pobreza y obediencia, en clausura o con una dedicación fuerte a los demás.
En el texto del evangelio de hoy, nos cuenta san Lucas el momento en que José y María
Además, desde la liberación de Egipto los primogénitos de cada familia se consagraban al culto, pero una vez que se estableció que los sacerdotes fueran los varones de la tribu de Leví, lo que se hacía era ir a presentar a los primogénitos y pagar un rescate por ellos como símbolo de la costumbre anterior. Esto es lo que hacían José y María al presentar a Jesús en el Templo.
Cuando leemos este texto en el día de la vida consagrada, podemos fijarnos en la ofrenda que José y María hacen a Dios, tanto de esas palomas que llevan, como del rescate que pagan por su primogénito. Nos descubre la importancia de las ofrendas a Dios. Lo importante de una ofrenda a Dios no es la cosa que se ofrece ni su tamaño, sino que a través de eso nos ofrecemos a nosotros mismos. La ofrenda de José y María era la ofrenda de los pobres, pero echa con un sentido de adoración y pertenencia a Dios que la hacía más grande que cualquier otra.
La vida consagrada es un poco así. Es la ofrenda de la propia vida por amor a Dios. dios elige a personas para que le dediquen su vida por entero. El Papa Francisco llama a la vida consagrada una profecía de la vida eterna. ¿Por qué? Porque nos hacen vivir y nos muestran unos valores que son propios del cielo.
Los consagrados nos recuerdan que esta vida es pasajera y, siendo pasajera, además es muy corta. No vivimos aquí para siempre. Estamos hechos para la eternidad. A veces vivimos como si fuéramos a vivir para siempre y como si las cosas fueran a ser para siempre. No. Sólo el cielo es eterno.
También nos hacen ver aquello que decía santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”. Todo lo demás es relativo. Si lleva a Dios, fenomenal. Si no me lleva a Dios, es un estorbo. La vida consagrada existe precisamente para que no perdamos la perspectiva del sentido de la vida. Somos hijos de Dios y estamos hechos para el cielo. No hay más.