Homilía del 2º Domingo de Navidad (lecturas)
La razón es muy sencilla. Cuando escuchamos o vemos algo siempre es algo que viene de fuera. Lo que viene de fuera nos puede parecer más o menos importante o bonito o interesante, pero, en último término, puede ser prescindible. A todos nos ha venido alguien a contar o enseñar algo y hemos pensado en nuestros adentros: “a mí qué me importa”. Sin embargo, lo que hablamos siempre es lo que llevamos dentro y eso siempre nos parece importante, aunque sea un simple chiste. Y cuando no nos escuchan o no nos dejan hablar nos sentimos despreciados.
El Evangelio de hoy es el mismo que leímos el día de Navidad. Es un fragmento muy teológico, así que siempre que se lee hay que ponerse las pilas. En él san Juan describe cómo Dios se ha hecho hombre. Y al Hijo de Dios, a la segunda persona de la Santísima Trinidad, la llama el Verbo. En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
¿Por qué le llama “Verbo”? Porque lo que Dios ha querido hacer y decir en nuestro
Dios ha tenido algo importante que decirnos, algo importante que comunicarnos, y, para hacerlo, se ha dado a sí mismo a través de su Hijo. A través de Jesucristo nos ha contado quién es Él. Por medio del Señor nos ha expresado qué quiere de nosotros y cuál es la esperanza a la que nos llama y cuál el sentido de nuestra vida. Pero, sobre todo, a través de Jesús nos ha demostrado con hechos cuánto nos ama.
Siendo así, ¿quién está tan loco como para decir que lo que Dios me tiene que decir no me interesa? ¿Quién sería tan orgulloso para decirle a Dios “total, para lo que tienes que decir…”?
Fijaos, cuando queremos llegar a un sitio pero de camino nos perdemos o al menos no estamos muy seguros de cómo llegar, normalmente preguntamos a quien pensamos que nos puede ayudar. Cuando lo hacemos hay gente que nos indica muy someramente, hay gente que nos explica de modo más detallado y hay gente que te dice: “yo voy cerca de allí, sígame que le guío hasta allí”. Se toman la molestia de hacer el camino que tú tienes que hacer para que llegues bien a tu destino. Pues, éste es Cristo. Él se toma la molestia y recorre el camino que debemos tomar para llegar al Cielo. Por eso dice “yo soy el camino, la verdad y la vida”. Su recorrido culmina con aquello que más tememos, que es la muerte, y con lo que más deberíamos esperar si tuviéramos una fe firme, la eternidad. Y a lo largo del mismo nos enseña cómo debemos vivir, en amistad con Dios, total fidelidad a los mandamientos de la ley de Dios y sacrificándonos por el prójimo. De camino al Cielo, él nos dice: Sígueme.
¿Cómo respondemos a la Palabra de Dios? ¿Somos de los que dice el evangelio vino a los suyos y los suyos no lo recibieron? ¿o de los que dice a cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre?
Al acercarnos estos días al belén a contemplarlo y adorarlo le pedimos a Él y a la Virgen María que podamos descubrirlo como alguien vivo en nuestra vida, alguien que actuó, habló, pero lo sigue haciendo porque sigue compartiendo con el ser humano nuestros logros y fracasos y, más aún, comparte con nosotros su propia vida, su amor y su misterio.