Homilía de la solemnidad de la Natividad del Señor (lecturas)
No deja de ser curioso. La historia seguramente se repetiría hoy también. José y María no encontraron quién les abriera la puerta para que María diera a luz y ello hizo que el Hijo de Dios naciera en un pesebre, donde comen los animales. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
No olvidemos que antes de que al Hijo de Dios le abrieran las puertas de un establo, se le abrieron en el alma y en el vientre de la Virgen María, que es como la gran puerta por la que Dios ha entrado en el mundo.
Hoy no tenemos la oportunidad de abrir nuestras casas a la familia de Nazaret en sentido literal. Aquello pasó y ya está. Sí podemos hacerlo de un modo espiritual: abrir las puertas de nuestro corazón al Hijo de Dios y abrirlas también a aquellos con los que no nos llevamos bien (qué importante es esto). Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Escribo esto la mañana del 24. He llevado la comunión a un señor en su casa y hablábamos de que recibir la eucaristía es vivir la Navidad. En cada eucaristía recibimos al Señor. Es como ser el regazo de María, los brazos de san José, la cuna del pesebre… ¡Qué gran misterio el que celebramos! Ocurre que, como dijo D. Mariano José de Larra en su artículo La Nochebuena de 1836, los hombres tenemos una extraña costumbre, que todo lo celebramos con grandes comidas hasta el punto que la comida nos hace olvidar lo que celebramos: “¿Hay misterio que celebrar? «Pues comamos», dice el hombre; no dice: «Reflexionemos». El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades”.
No es que quiera ser un aguafiestas, ni hater, ni moralista machacón, pero… no podemos pasar la Navidad sin reflexionar, sin contemplar, sin admirar el misterio. Me ha parecido sublime la viñeta de D. José María Nieto que pongo al lado (espero que no me la quiten por derechos y esas cosas). Habla por sí sola.
Quizá mientras contemplamos podríamos recordar otro artículo periodístico navideño que recordaba una frase de Chesterton en la que dice que en Navidad celebramos un trastorno del Universo. Hasta entonces los antiguos cuando querían adorar a Dios miraban al cielo, al mar, al sol, porque se estremecían con el poder, la belleza y la inmensidad de estas cosas. Desde la primera Navidad, la de Belén, cuando buscamos a Dios miramos a un niño que luego se hace hombre y aunque hace milagros y da muestras de su poder divino no rehúye la muerte.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Desde Navidad encontramos a Dios en la fragilidad. Quizá nos venga bien ver a Dios hecho niño. Porque los niños lloran y lo hacen porque necesitan que se les atienda, no tienen otro modo de hacer ver a los adultos racionales y autosuficientes como nosotros que algo les pasa. A veces lloran sencillamente para que decirnos “hey que estoy aquí, cógeme, abrázame, dame un beso, hazme reír, hazme caso”.
Que la celebración de una nueva Navidad nos acerque más al misterio de Dios para adorarle, bendecirle y entregarle nuestra vida aunque nos suponga cambiar nuestros hábitos. Vale la pena hacer caso a este Niño.