Homilía de la solemnidad del Bautismo del Señor (lecturas)
En el ritmo de la liturgia parece que también hemos dejado la Navidad en la antigüedad. La semana pasada celebramos la adoración de los Magos y veíamos a Dios hecho niño y hoy celebramos el bautismo y vemos al mismo Dios hecho ya un adulto bautizándose en el Jordán. Nos hemos saltado en una semana la friolera de 30 años. Así, de golpe. Nos los hemos comido. De todo lo que sucede entre medias, excepto de que estuvieron un tiempo en Egipto y de la vez que Jesús se pierde en el Jerusalén, no sabemos nada. Silencio. Pero un silencio que nos dice mucho. El Hijo de Dios ha querido recluirse en su pueblo de Nazaret durante 30 años y llevar una vida normal. Una vida con la monotonía propia de un pueblo pequeño como era Nazaret, en compañía de su familia, amigos, vecinos, etc.
Para nosotros es muy importante, porque la mayor parte de los días que pasamos en esta vida son días normales, habituales. No suceden acontecimientos especiales todos los días (no nos dan premios todos los días, no salimos en la tele, no estamos de bodas cada dos por tres, etc., etc.). Cuando pasemos a ser parte de la antigüedad, veremos que en el cómputo global de los días de nuestra existencia esos días tan significativos son pocos. Que el Hijo de Dios haya querido vivir así la mayor parte de su vida en la tierra significa que Dios da importancia y valor y le agrada cada uno de nuestros días normales y corrientes.
Nadie nos tiene que enseñar la importancia del cada día, pues, si lo
Todos esos treinta años de vida escondida de Jesucristo nos enseñan el valor de la vida diaria normal y corriente para ser santos y agradar a Dios.
Pero, también hay días que son especiales y que suponen un antes y un después por la importancia de lo vivido. La celebración del Bautismo del Señor nos lleva a aquel momento en que Jesús es bautizado por Juan en el río Jordán. Dice el relato de san Lucas que nada más bautizarse Jesús mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma, y vino un voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco». En la Biblia, la expresión “abrirse el cielo” significa que hay un momento en el que la distancia entre el cielo y la tierra se elimina y Dios va a bendecir, va a realizar una intervención especial suya, va a compartir su vida con nosotros de alguna manera. En el bautismo de Jesús se dice que al abrirse los cielos baja el Espíritu Santo y el Padre identifica a Jesús como su Hijo («Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco»).
He leído en algún sitio una frase: “Conviértete en lo que eres”. Somos hijos de Dios por el bautismo, vivamos como tales. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? En la vida normal y corriente, esa vida que Cristo nos ha enseñado a valorar durante treinta años de su vida terrena haciendo el bien.
Encomendemos a nuestra Madre del Cielo nuestra santidad de cada día.