Homilía de la Natividad de san Juan Bautista (Lc 1, 57-66.80)
En torno al 20-24 de junio suele producirse en el hemisferio norte el solsticio de verano, que da lugar a la noche más corta del año. A partir de este día los días empiezan a menguar. Ya las antiguas civilizaciones celebraban esta noche con hogueras para implorar la bendición de los dioses y el alejamiento de los malos espíritus. Se dice en algunos sitios, que la costumbre de encender una hoguera y saltar por encima se debe a que Zacarías, padre de Juan el Bautista, anunció a sus parientes el nacimiento de su hijo por medio de una hoguera y saltaba de júbilo por encima de ella. Incluso hay quien dice que esto está en la Biblia. La Escritura, sin embargo, no dice nada de esto y parece, más bien, un intento de justificación cristiana de la costumbre pagana. Hoy día es una tradición que tiene mucho de esotérico, superstición y neopaganismo.
El cristianismo situó el 24 de junio el nacimiento de san Juan Bautista porque en el
La Natividad de san Juan se convirtió desde bien pronto en una celebración importante en la Iglesia. Tan sagrado se consideraba que, según se cuenta, en la tercera guerra civil del Imperio carolingio, la batalla de Fontenay en el año 841 fue interrumpida por los dos ejércitos para respetar el día del santo y retomarla al día siguiente. Jesucristo y la santísima Virgen aparte, es el único santo del que se celebra su nacimiento.
Hoy rezamos con un salmo que conviene leer de vez en cuando y que se aplica especialmente al Bautista, pero que todos podríamos recitar como algo propio. La respuesta es: te doy gracias, porque me has escogido portentosamente. Y durante la lectura se leen frases del salmo: Señor, tú me sondeas y me conoces; de lejos penetras mis pensamientos; has creado mis entrañas; conocías hasta el fondo de mi alma… Son palabras que podemos nosotros dirigir a Dios, porque él nos conoce y nos ama así. En las películas hay actores principales, secundarios y extras, es decir, gente de relleno. El director de la peli trata con más detalle con los principales y secundarios, pero los extras están ahí para hacer bulto. Ningún hombre o mujer debería sentirse como un extra en una película, porque para Dios todos somos actores principales. Nos ha creado a cada uno con el mismo amor. Nuestra vida no es fruto del azar o del esfuerzo de un espermatozoide afortunado. Hemos sido elegidos por Dios para existir y su amor nos precede siempre. Por eso, el creyente, que tiene conciencia de Dios, reza con la respuesta del salmo haciéndola propia: te doy gracias, Señor, porque me has escogido portentosamente.
Recibamos también nosotros con orgullo la misión de Juan. Si hemos tenido experiencia en nuestra vida de cómo Dios nos ama y nos ha sido favorable, demos testimonio al mundo de que ese amor y ese favor no termina, sino que se renueva una y otra vez y sólo espera la ocasión propicia, el corazón abierto, para poder hacerse realidad en cada persona.
Le pedimos la Virgen María, que ayudó a su pariente Isabel durante el embarazo de Juan, que nos ayude a nosotros a seguir a Jesús en todo momento y lugar.