Homilía de la Solemnidad de Pentecostés (Jn 20, 19-23)
No siempre es fácil entender o explicar qué o, mejor dicho, quién es el Espíritu Santo, de dónde sale o cuál es su importancia en la vida de la Iglesia y del creyente. El caso es que lo tenemos siempre muy presente, aunque no nos demos cuenta. El signo de los cristianos, la señal de la cruz, la hacemos siempre en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Así se bautiza a nuestros niños. Jesucristo habla de Él y promete que lo enviará. En el Evangelio de hoy, cuenta san Juan que Jesús, al aparecerse a los Apóstoles, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
El libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando habla de Él, lo hace a través de imágenes, como podemos ver en la primera lectura de hoy. Se nos narra cómo los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo. Ellos estaban reunidos celebrando la fiesta judía de pentecostés, que consiste en la conmemoración del momento en que Moisés recibió las tablas de la ley. Al contarlo, dice la lectura que ellos percibieron el Espíritu Santo como un viento fuerte y como lenguas de fuego que se posaban sobre sus cabezas, signo, en el fondo, de lo que estaba sucediendo en sus corazones.
Vamos a detenernos en la imagen del viento. Me remito a una explicación del Papa emérito Benedicto XVI. Él, cuando explica este pasaje, cuenta que el viento, obviamente, hace pensar en el aire y sin aire no podemos vivir. Así, lo que el aire es para la vida biológica, lo es el Espíritu Santo para la vida espiritual. Si tenemos necesidad de aire para poder respirar, tenemos necesidad de Espíritu Santo para nuestra relación con Dios. De hecho, dice san Pablo que nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo. Pero, el aire que respiramos puede verse envenenado por la contaminación y dicha contaminación nos hace mal. Del mismo modo, hay una contaminación de nuestro corazón y nuestro espíritu, que daña nuestra vida espiritual. Necesitamos aire limpio de malas influencias y de todo género de contaminación espiritual que nos hace daño al alma. Un efecto, entonces, del Espíritu Santo es purificar nuestra alma. Nos da conciencia de lo que nos daña y quita el pecado que nos ata y nos deja su huella. Por eso, cuando Jesús sopla sobre los discípulos y les dice reciban el Espíritu Santo, habla del perdón de los pecados en clara alusión al sacramento de la confesión.
Los Hechos de los Apóstoles hablan también de otro efecto del Espíritu Santo: vencer el miedo. Como bien sabemos, tras el arresto de Jesús los discípulos huyeron. Una vez muerto, se refugian en el Cenáculo, la casa donde habían celebrado la Última Cena, para ellos la cena de Pascua. Tenían miedo a que los matasen igual o peor que a Jesús. Después, a medida que Jesús se aparece y ven que ha resucitado van recobrando poco a poco la valentía, pero el verdadero punto de inflexión es Pentecostés, cuando reciben el Espíritu Santo. El relato nos cuenta como es posarse el Espíritu Santo sobre ellos y lanzarse a contar a todo
En esta celebración de Pentecostés pidamos el Espíritu Santo para que nos purifique el alma de todo lo que la contamina y también arranque de nuestro corazón el miedo. La presencia del Espíritu Santo en nuestro corazón nos hace experimentar que el amor infinito de Dios nunca nos abandona. Que así se cumpla en nuestra vida.