Homilía del 16º Domingo del Tiempo ordinario (Mt 13, 24-43)
En la parábola del trigo y la cizaña que es el centro del Evangelio que leemos hoy, el dilema que se presenta es semejante hasta tal punto que no sería de extrañar que el creador de las historias de Batman tuviera presente algunas páginas evangélicas. El dueño de un campo siembra trigo y con el trigo aparece la cizaña, que es una mala hierba muy parecida al trigo y que sólo se distingue de verdad cuando después de un tiempo la cosecha madura y da fruto. Ante la aparición de la cizaña los siervos del amo quieren quitarla de en medio enseguida, pero ello supone el peligro de arrancar el trigo porque casi no se distinguen. El dueño, que no quiere dañar el trigo, ordena que los dejen crecer juntos que ya llegará el momento de separarlos y, entonces, recoger el trigo y quemar la cizaña.
La parábola quiere enseñar que, aunque el mal está presente en el mundo y aunque las personas nos dejamos llevar por él, el bien sigue estando presente. Aunque las personas pecamos Dios ha sembrado algo pequeño y escondido, pero con una fuerza vital enorme: el bien. Muchos de nosotros necesitamos la paciencia de Dios y la de las personas que nos rodean para que ese bien florezca y dé fruto. La mayor parte de nosotros tenemos cosas en nuestro pasado de las que no estamos orgullosos. Las personas que nos rodean normalmente tienen también cosas en su pasado o en su presente que no nos gustan. Como sacerdote he podido ver personas que aborrecen a su familia o que se desprecian a sí mismas y que arrastran lo que hicieron por los siglos de los siglos. Lo malo es que también suelen tener gente alrededor que se ocupa de que lo arrastren y nunca pasen página.
El cristiano del mundo de hoy tiene como reto introducirse en el mundo como la levadura en la masa para, desde dentro, muchas veces tolerando lo que no es evangélico, ir transformándolo de cizaña en trigo. En el año 33 doce hombres acompañados de unas pocas decenas de amigos, perdidos en la gran multitud, prosiguieron la siembra del Evangelio en el mundo. No eran ni los más listos ni los más capaces ni los que más medios tenían. Pero creían en Cristo y la gracia de Dios hizo que su ejemplo y su enseñanza cundiera y que la palabra de Dios se extendiera transformando muchos corazones y aplacando muchos males. Hoy nosotros recogemos el testigo que ellos nos han dejado y no lo pasaremos a la generación siguiente si no tenemos tres cosas:
- esperanza en que nada está perdido,
- Dios lo puede todo
- y cada obra buena nuestra, aunque no lo veamos, es un paso adelante para que Dios reine en todos los corazones.
Hay una frase en la película de Nolan que se repite varias veces y con ella termino. Justo cuando Batman (o Bruce Wayne) mete la pata hasta el fondo, llega el mayordomo para ayudarle a levantarse y Bruce le mira complacido y le dice “¿Todavía no me has dado por perdido?”. El mundo necesita muchos mayordomos.