Homilía del 12º domingo del Tiempo ordinario (Mt 10, 26-33)
La cuestión es que este ejemplo nos acerque a uno de los grandes miedos que hay en el mundo actual: el miedo a ser uno mismo. Por este miedo Patricia está perdiendo su propio ser y no es feliz. Estamos tan condicionados por lo que la gente diga, por la aceptación de los demás, por la opinión dominante, por lo políticamente correcto, que nos da miedo ser nosotros mismos. Y si esto es negativo en cualquier persona, mucho más en un cristiano, que ha recibido de Dios una vocación preciosa: ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). Dios nos ha concedido a nosotros el don de la fe para que nosotros lo acerquemos al resto del mundo.
En el Evangelio de hoy Jesús repite tres veces la frase no tengáis miedo. Dice primero no tengáis miedo a los hombres… luego, no tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma… y, finalmente, no tengáis miedo. El miedo es una dimensión natural del ser humano. De niños tenemos miedo a cosas imaginarias, el coco, el hombre del saco y cosas por el estilo. Pero según vamos creciendo nacen en nosotros miedos a situaciones reales y posibles por las que no queremos pasar. La palabra de Dios nos impulsa a superarlos a través del temor de Dios. Por ello, el mensaje que de fondo nos lanza es que quien teme a Dios, no tiene miedo.
¿Qué es tener temor de Dios? Tener temor de Dios no es pensar “ay, que si hago esto Dios me va a castigar, me va a pasar algo malo o me voy a condenar”. No es esto. Tener temor de Dios es, por un lado, conocer que Dios es el señor del bien y del mal, de la vida y de la muerte, y respetarle por ello. Es darme cuenta que hay cosas que me superan, que no están en mi mano, que no puedo manejar a mi antojo y que lo mejor que puedo hacer es fiarme de Dios y tratar de hacer su voluntad. Tener temor de Dios es, así, descubrir que, precisamente porque Él está por encima de todo, Dios lo dispo
Dice el Papa emérito Benedicto XVI que quien teme a Dios siente en sí la seguridad que tiene el niño en brazos de su madre. Por ello permanece tranquilo en medio de la tempestad. Es que no es sólo que Dios sea súper poderoso, omnipotente. Es que Dios me ama y está conmigo. Él ha dado su vida por mí y no me va a abandonar. Puedo perder la salud, la vida, el trabajo, el chico que me gusta, suspender no sé cuántas aun habiendo estudiado. Puedo perder ciertas amistades o el aprecio de cierta gente. No importa. Dios está conmigo y me ama.
Hoy, quizá, cada uno, poniendo delante sus propios miedos, puede rezar con esta frase del Evangelio de hoy. no tengas miedo. O también con una de Hch 18,9-10 que Jesucristo le dice a san Pablo: no tengas miedo, porque yo estoy contigo. Quizá Patricia, la chica imaginaria de la que hablábamos al principio, debiera descubrir la grandeza de lo que Dios ha hecho en ella y valorarse y respetarse sin miedo al qué dirán o a quedarse sola por ser ella misma, que en el fondo es ser lo que Dios ha hecho en ella. También esto es temor de Dios.